El coche se tambaleaba en cada frenazo debido a la gran carga de trastos que llevaba la baca. Mis hermanos empezaron a quejarse y a decir que se mareaban, a lo que mis padres no sabían más que responder: "Ya casi estamos." o "Aguantad un poquito más, tan solo quedan diez minutos...". Marcos, el menor, miraba fijamente a mi madre y su cara se transformaba momentáneamente en la de un detective del nivel del mismísimo Sherlock Holmes: no se fiaba de lo que le decían. Instantes después, al ver que su hermano no le daba importancia a la situación, se echaba para atrás el asiento y proponía algún otro juego al que jugar mientras durasen esos diez minutos prometidos.
Cabo de Gata era el objeto de los sueños de nuestra madre y, des de que en Noche Buena del año pasado prometimos que haríamos este viaje, se había pasado todo su tiempo libre informándose de lo que podíamos visitar y de las rutas que podíamos hacer. Era, para ella, su mayor logro en años.
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